Cómo trabajar con las creencias para convertirlas en semillas aladas

Pocas cosas me parecen más fascinantes que el vuelo de una sámara. Yo no sabía que se llamaban así, las había visto cientos de veces antes de preguntarme por ellas, antes de observar su magia, que no es más que aerodinámica pura. Y descubrirlas, fijarme en ellas, mirar lo que tantas veces había solo visto, como tantas otras cosas, se lo debo a mis hijos.

Las semillas aladas, que caen al suelo girando sobre sí mismas, de fresnos, olmos y arces se llaman sámaras.

La estructura alada de estas semillas permite que se sirvan del viento para alejarse de sus progenitores y poder germinar lejos de ellos, dando la oportunidad a sus genes de diversificarse si las condiciones que encuentra en ese otro lugar son distintas a aquellas donde nacieron.

Hoy me acordé de estas semillas aladas viendo “Soul”, la última de Pixar. Uno de sus personajes, 22, me ha hecho recordar a esa niña que llevo dentro por varias razones. Una de ellas es su fascinación por estas pequeñas grandes cosas de la vida, que son las que nos mantienen conectados a ella, como el vuelo de una hoja. La otra es lo incómoda que resulta a sus mentores por no ser lo que se dice una alumna tipo, que es un poco lo que me pasaba a mí, lo que le hace formarse una serie de creencias erróneas sobre ella misma. Ideas que le hacen comportarse de una determinada manera.

Así que las hojas, las creencias, George Orwell y el jazz se han entremezclado para rescatar este artículo que lleva varios meses en modo borrador y que, por fin, vea la luz y hablemos de creencias.

“La verdad es que siempre pensé que había algo malo conmigo. Ya sabes, tal vez no soy lo suficientemente buena para vivir. Pero luego tú me mostraste los propósitos, la pasión. Tal vez observar el cielo pueda ser mi chispa, o caminar, soy buena en eso de caminar”, 22.

Ya he hablado en otros artículos sobre lo que yo llamo “mensajes de poder”, esas afirmaciones en positivo que trato de inculcar a mis hijos cada vez que la vida me da la oportunidad en forma de traspiés o conflicto: “Te quiero incondicionalmente”, “Tú puedes, aunque te cueste al principio”, “La vida es fácil, aunque a veces parezca complicada”. Esos mensajes son como semillas aladas que luego el viento se encargará de diseminar cuando los aleje de mi lado. Que germinen o no, ya no dependerá de mí.

Toda esa información sobre nosotros mismos y la vida, que nos verbalizan las personas que nos rodean sobre la base de aquello que nos pasa desde la más tierna infancia se convertirán, con el tiempo, en las llamadas creencias. No me voy a extender mucho sobre ellas porque ya lo hice en este otro artículo que dejo por aquí.

En lo que me voy a centrar en este post es en cómo trabajarlas, una vez que forman parte de nuestra estructura cognitiva, basándome en las investigaciones de Aaron Beck, padre de la psicología cognitiva. Gracias a él sabemos que la mente tiende a agrupar las experiencias y toda la información que le llega en forma de “esquemas” o construcciones de la realidad que actúan como moldes para facilitarle el trabajo a nuestra psique. De modo que si una vez tuve una experiencia desagradable significativa en un determinado contexto, mi cerebro lo va a codificar y almacenar para activarlo cada vez que viva una situación similar en el futuro.

Chandler aprendió en su infancia que vincularse era algo inseguro que le hacía sufrir, desarrollando pánico a las relaciones.

Estos esquemas están moldeados por la cultura, por la educación recibida y las experiencias tempranas y, si son disfuncionales, actúan como semillas de futuros problemas mentales (dependencia emocional, depresión, ansiedad…) . Lo interesante de los esquemas es que actúan en un nivel inconsciente y generan una serie de creencias sobre mí mismo, sobre los demás y sobre el mundo. Y las creencias son ese filtro que me lleva a interpretar lo que nos pasa, buscando, de una forma inconsciente, todo tipo de situaciones que verifiquen y confirmen eso que creo como cierto.

Si tengo la creencia errónea de que vincularse es peligroso voy a tender a boicotear mis relaciones.

Así que el trabajo es cuestionar esas creencias para desmantelar los esquemas erróneos. Verificarlas. Ponerlas sobre la base de la realidad y el instrumento más efectivo que nos dejaron tanto Beck como Ellis y con el que trabajo las creencias de mis alumnos (y las mías propias y las de quién me deje) son las tablas de autorregistro. Esta técnica trata de identificar y cuestionar los pensamientos negativos o desadaptativos que producen malestar, para sustituirlos por otros más apropiados que generen una emoción positiva (Beck, 1976).

Para que sea eficaz, se debe trabajar desde lo concreto, partiendo de tus propias vivencias cotidianas. Así que, como ejercicio de escritura balsámica, hoy te propongo que evoques una situación reciente que te haya hecho sentir mal. Tómate unos segundos para sentir y localizar en tu cuerpo las sensaciones y luego escribe sin filtro en una hoja en blanco todo lo que se te pase por la cabeza, aunque no tenga ningún sentido.

Una vez hemos hecho esto, vamos a desenmarañarlo todo en una tabla parecida a esta.

Dibuja estas cuatro columnas en un folio y disecciona el texto “en bruto” que has escrito en cada columna.
  1. COLUMNA SITUACIÓN: Trata de describir la realidad de la manera más aséptica posible, sin dramones ni interpretaciones subjetivas. Un ejemplo podría ser: “Voy por la calle y me encuentro con un compañero de clase y no me saluda”. Esta es la única parte de la tabla sobre la que no podemos intervenir, las cosas son como son y no cómo quisiéramos que fueran. Podemos cambiar las situaciones futuras pero, lo que ya ha ocurrido, no se puede cambiar, solo podemos gestionarlo.
  2. PENSAMIENTO: Esta es la clave de la tabla. Si conseguimos detectar los pensamientos que se generan en nuestra mente vamos a ser capaces de intervenir sobre las emociones que se producen. Tendemos a pensar que son las situaciones las que provocan los distintos estados de ánimo pero, si eso fuera así, un determinado hecho nos haría sentir de la misma forma siempre y, sin embargo, dependiendo de cómo, dónde y con quién esté, que se me derrame la copa de vino me va a enfadar o a hacerme reír. Así que, acceder a nuestros pensamientos, es la llave para manejar nuestra psique, son las gafas con las que vemos la vida y podemos elegir el color. La mala noticia es que requiere de entrenamiento, porque no estamos acostumbrados a detenernos a hacer este tipo de ejercicios. Para Beck, los pensamientos son evaluativos, rápidos y no suelen ser el resultado de una deliberación o razonamiento, sino más bien parecen brotar automáticamente. Estos pensamientos pueden tener forma verbal (“lo que me digo a mí mismo”) aunque a veces brotan en forma de imágenes mentales.
  3. EMOCIÓN: Ya hemos hablado muchas veces de las emociones, solemos llamarlas positivas o negativas pero, en realidad, todas sirven para algo, son adaptativas y, que nos hagan sentir mal es como esa lucecita que se enciende en el coche y que nos está avisando de que hemos de pararnos a revisar el motor de nuestro vehículo. Porque algo pasa.
  4. CONDUCTA: En función de cómo interpretamos la realidad, sentimos y actuamos en consecuencia. Mi reacción no va a ser la misma cuando se me cuelan en el super si interpreto esa situación con un ataque que como un descuido.

Tomando el ejemplo anterior, vamos a ver cómo quedan las columnas 2,3 y 4 si cuestionamos nuestro pensamiento y “le damos la vuelta”.

Una misma situación puede derivar en dos estados de ánimo distintos, lo que va a influir en nuestra conducta. Y todo viene determinado por la forma en que pensamos.

El objetivo de identificar y modificar nuestros pensamientos no es el de engañarnos, se trata, más bien, de poner las cosas sobre la base de la realidad, sin dramas, ni edulcorantes. Sin distorsión. Para Beck, eran muchos los errores de pensamiento que nos llevaban a interpretar la realidad de forma sesgada. A este tipo de producciones de nuestra mente las llamó distorsiones cognitivas. Algunas de ellas nos llevan a prestar atención solo a los aspectos negativos de las situaciones (abstracción selectiva), otras a verlo todo o blanco o negro sin escala de grises mediante (pensamiento dicotómico), a adelantar acontecimientos y ponernos en lo peor (pensamiento catastrófico) o a mantener reglas rígidas sobre cómo deberían ser las cosas (deberías).

Vemos lo que somos.

Y que piense de una manera o de otra depende de lo que creo del mundo, del otro y de mí mismo. Depende de MIS CREENCIAS. Pues vamos a tratar de descifrarlas. Y a cuestionarlas. ¿Cómo? Tirando del hilo de la columna 2.

Identificar pensamientos automáticos, al principio, cuesta, sobre todo cuando no hay mucha práctica a la hora de escuchar nuestro diálogo interno pero, a poco que vayas trabajando y escribiendo, verás que esa vocecilla se hace cada vez más audible. Es importante ser constantes y escribir como una forma de higiene mental, del mismo modo que nos duchamos a diario, podemos buscar ese rato para indagar en aquellas cosas que nos han perturbado a lo largo del día, buscar la raíz de mis creencias y cuestionarlas.

Una vez que tenemos ese pensamiento en forma de frase o imagen mental con un significado para mí, vamos a hacernos una serie de preguntas sobre él:

“Pasa de mí, seguro que no le caigo bien”.

  1. ¿Es esto verdad?, ¿puedo asegurar al 100% que es una verdad incuestionable?
  2. ¿Existen puntos de vista alternativos o posibles explicaciones aparte de esta?
  3. ¿Estoy cometiendo algún error o distorsión del pensamiento?
  4. Pensar de esta manera, ¿me sirve para algo?, ¿evita que me enfrente a algo?
  5. Si esto fuera verdad, ¿qué significa para mí?

Esta última pregunta es la clave a la hora de identificar una creencia a partir de un determinado pensamiento y es fundamental porque no es lo mismo pensar que no caigo bien porque no tengo habilidades sociales (creencia de capacidad) que porque no merezco la pena o no soy suficiente (conflicto de valoración).

El trabajo con pensamientos y creencias tiene muchísimas aplicaciones prácticas en el cole, he utilizado las tablas en el aula para resolver conflictos, durante una evaluación e, incluso, para motivarlos.

Y es, precisamente, con una historia sobre motivación con la que cierro este artículo de trabajo con nuestro interior, que es la forma más directa y eficaz de darle alas a nuestros chavales, empezar por nosotros mismos.

Hagamos volar las semillas.

Era junio de 2018. El día anterior había hecho el examen escrito de oposiciones y estaba exhausta y desanimada. No me había dado tiempo a escribir todo lo que llevaba en la cabeza y, fruto de tantas oposiciones quedándome a las puertas, empecé a pensar que iba a pasarme lo mismo de siempre (había desarrollado una creencia errónea: “haga lo que haga nunca lo conseguiré”). El desánimo me estaba quitando la poca energía que me quedaba para estudiar la prueba oral, que era dos o tres días después y que tenía que seguir repasando sin saber la nota de la 1º parte. Entonces alguien me mostró este vídeo. Y, como Heather Dorniden, me levanté y supe que podía. Entonces pude.

Heather Dorniden y la importancia de caerse y volver a levantarse. La importancia de creer en ti.

“En el momento en que dudas si puedes volar, dejas de hacerlo para siempre.”
James Matthew Barrie

2 comentarios de “Cómo trabajar con las creencias para convertirlas en semillas aladas”

  1. Muchas gracias Inma por este inspirador artículo. ¡Me ha encantado! Gracias por compartir tu experiencia y el recurso de escribir. Escribir es sanador y hace tiempo que no lo hago… En general me parece una maravillosa herramienta, y concretamente la de este artículo, muy valiosa. La pondré en práctica. ¡Gracias de corazón! Qué regalo comenzar este día leyéndote

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