Cómo mirar hacia dentro para acercarnos (más y mejor) a lo de fuera

Yo era una de esas niñas que buscaban tesoros en cajones olvidados y eso era algo especialmente divertido en la enorme casa de mis tíos, donde pasaba cada verano. Esa tarde encontré uno de los buenos, un walkman (un reproductor portátil jurásico, por si has nacido pasados los 90) con una cinta de cassete dentro. Y le di al play, claro. Y descubrí una voz que me invitaba a seguir las instrucciones del audio, tumbada cómodamente. Como la alternativa a eso eran los cuadernillos Rubio al son de las chicharras, decidí ir a escucharlo desde la cama.

“Lleva tu atención a tu mano derecha… visualiza una nube que la envuelve… y la mano se relaja…”

Y así con cada parte de mi cuerpo. Luego silencio. Un buen rato de silencio (y chicharras). Uno al que no estaba acostumbrada pero que era agradable. Y que me dejó esa misma sensación agradable toda la tarde.

Sin saberlo, a mis 10 años, estaba haciendo mi 1ª meditación.

Ese mismo día de 1990, en Masachusets, el Dr. John Kabat Kinn da los últimos estoques a lo que sería, sin tener ni idea todavía, su 1º superventas, “Vivir con plenitud las crisis”, basado en su programa de reducción del estrés con pacientes con dolor crónico a través de la atención plena.

Hace ya varios años que este señor se ha iniciado en la práctica del yoga. Algunos más desde que se licenciara en química y biología molecular y muchos otros cuantos de aquella infancia en Nueva York, donde creció, junto a sus padres, un investigador médico (inmunólogo) y una artista (pintora), convencido de que la ciencia y el arte eran dos universos separados, incapaces de encontrarse.

El hombre de Vitruvio de Leonardo Da Vinci o cuando la ciencia y el arte se encuentran.

No es hasta que comienza sus primeras investigaciones sobre los efectos de la meditación en la percepción del dolor cuando descubre que aquellos mundos, que habían estado siempre separados en su cabeza y en su hogar, eran capaces de fusionarse. Y empieza a preguntarse por qué a nadie se le había ocurrido estudiar los efectos de esta práctica de una manera científica antes, para ayudar a las personas a mejorar su salud.

Así nace la “Clínica para la reducción del estrés” en la Universidad de Masachusets, introduciéndose, por primera vez, la meditación en entornos médicos y el, tan popular en la actualidad, término “mindfulness”.

Ni el término inglés mindfulness ni los españoles (“atención o consciencia plena”), recogen la profundidad del significado original, no existe un término equivalente en la cultura occidental. Mindfulness es algo así como estar donde están tus pies y conseguir disfrutarlo, vivirlo plenamente.

Yo no volví a saber nada de mindfulness ni de nubes envolventes hasta la carrera. En unas prácticas para la asignatura de Técnicas de modificación de conducta, respirando de forma “consciente”, en un aula atestada, con 50 universitarios más.

No sentí nada.

Mi cuerpo estaba sentado en la silla y fingía seguir las instrucciones pero mi mente quería irse de allí. Y se iba al trabajo pendiente, a lo que me pondría el próximo jueves universitario o al absurdo soniquete del Mercadona. Nada que ver con aquella experiencia de encuentro conmigo de la infancia. Así que ni lo integré ni me llamó especialmente la atención.

Hasta que volví a encontrarme con ello a través del yoga y decidí hacer una formación en “Mindfulness”. Y empecé a entender cómo funciona nuestra mente.

A la mente le va fustigarnos. Y anticiparse a las cosas. No es nada personal, está diseñada para la supervivencia, ella solo quiere mantenernos a salvo. Calentitos y seguros en nuestra cama. Y encuentra en el miedo la mejor manera de hacerlo. 

Nuestro cerebro se diseñó para la supervivencia.

“No te va a salir bien”, “Para qué lo vas a intentar”, “No te compliques la vida…” No os podéis imaginar la cantidad de veces que me sorprendo a mí misma dudando de mí… entonces, cuando me doy cuenta, sencillamente me anclo al momento, siento el sol en mi cara, la música en mis orejas (y en mi corazón) y pienso pues qué gustico de AHORA oiga. “Venga cállate un rato, si todo va a salir bien”

Y sale. Y, si no, tengo la serenidad para afrontarlo desde el equilibrio y el arraigo al momento en el que estoy.

Entrenemos al dragón. Traigámoslo al presente, desde ese lugar no es tan fiero como parece. Y le encanta la música. Hay días que suenan a riff pegadizo de eléctrica y otros son más de un gris clavicordio melancólico pero, sin duda, mis favoritos son los que empiezan con el sonido de un bajo jamaicano, delicioso y sin prisa. Esos días en los que tengo mucho tiempo para desayunar y meditar después pero, ¿qué hacemos los días que se mueven a ritmo de ska?

Vivimos rodeados de demandas que atender que, a veces, nos obligan a funcionar en multi-tarea. Desde tener personas dependientes a nuestro cargo, a relacionarnos con otros, pasando por la sobrecarga en el trabajo o peor aún, la falta de él.

Esos días cambiamos la práctica de meditación formal de silencio por mindfulness. Y aquí es cuando surge la pregunta del millón…

La práctica formal de meditación:

Meditar es la observación deliberada de nuestra mente con la intención de aquietarla sin expectativas y con total y plena atención al momento presente. La quietud corporal favorece la mental, de ahí que se haga en inmovilidad (normalmente en posición de meditación, sentada, aunque no es imprescindible) y en SILENCIO.

Los audios que solemos ponernos, en realidad, son relajaciones pre-meditativas que preparan cuerpo y la mente para llegar a ese silencio, que es el verdadero encuentro con uno mismo. Y vienen genial porque sentarnos a meditar, sin más, sobre todo si no tienes mucha práctica, puede resultar desesperante, al principio. La mente se incomoda, se aburre, se quiere ir, te dice que está perdiendo el tiempo, que ese rato te vendría genial para adelantar tal cosa. Y está bien, no debemos juzgarla por eso, ella solo hace el trabajo para el que fue diseñada.

La mente se rebela. Pero yo sigo.

Y de repente parece que logra la calma por unos segundos… pero vuelve a irse a aquel vídeo y las pintas de los New Kids on the Block.

Mi mente, que es ochentera.

“Pero, ¿otra vez mente?, ¿qué está pasando?”

Es así como funciona. Solo sigue. Porque solo si seguimos vamos a lograr entrenar a nuestro dragón.

Como un dragón salvaje, la mente es poderosa si sabemos ponerla de nuestro lado.

Nuestra cabeza estresada es como un mar, agitado por la tormenta, con olas enormes en su superficie. Si no hay mucha profundidad, esas olas, además, agitarán la arena del suelo, enturbiándolo todo. Sin embargo, por muy revuelta que esté la superficie, si nos sumergimos en lo profundo, el agua está en calma. La sensación que más me recuerda al estado mental después de una buena meditación es la que siento buceando.

Solo tenemos que dejarnos llevar y fundirnos en el crepitar de lo profundo.

La meditación nos enseña que la calma siempre está debajo de todo eso que nos perturba, en forma de oleadas de pensamientos. Por eso después de hacer 15 minutos de silencio el mundo, de repente, se ralentiza. Y todo es como tiene que ser y va al ritmo jamaicano que me gusta. Y eso no significa que los problemas y las demandas desaparezcan. Solo que puedo gestionarlos de otra manera.

Uno de mis ejercicios pre-meditativos para empezar a practicar el silencio después.

La práctica de la atención plena o mindfulness:

El mindfulness o atención plena es el maravilloso arte de estar donde están tus pies. Comer y solo comer. Ducharnos y estar ahí, sintiendo el agua. Esperar una cola en el super y aprovecharla para respirar y sentirte. Y esto, que parece tan sencillo, no lo es en absoluto. Y mucho menos desde que llevamos un móvil en el bolso. Llamar a tu madre, contestar ese email (o los 40 whatsaps) han dejado poco margen a los “momentos de vacío”. Tan necesarios para llenarnos.

Vale pero ¿qué hacemos entonces con los 10 emails y los 40 whatsaps? Pues os digo lo mismo que les digo a mis alumnos, podemos funcionar por fases o módulos de tiempo o tareas. Imaginemos que tenemos que sacar varias cosas adelante (sean deberes, si hablamos de alumnos o responsabilidades si nos lo aplicamos a nosotros mismos). Podemos eternizarnos y hacer esas actividades distraídos (y una mente que fluctúa es una mente que rinde menos y se agota) o fraccionar la jornada en bloques de consciencia plena a cada cosa que estoy atendiendo en ese momento.

Si estoy comprando, estoy comprando. Si estoy en el parque con ellos, estoy en el parque con ellos. Si estoy contestando un email, estoy contestando un email. SI ESTOY TOMANDO TRANQUILAMENTE UN CAFÉ, ESTOY TOMANDO TRANQUILAMENTE UN CAFÉ (sin culpa y sin prisa, por favor).

Cuando funcionamos así, sin querer estar en otro lugar más que donde estamos, dejamos que las cosas y las personas sean, nos dejamos ser. Vivimos en Kairós, en tiempo de calidad, ese en el que el reloj se para.

Vivimos el momento tal como es. VIVIMOS.

Vivimos tan agobiados que nos perdemos el momento presente. Y es lo único que tenemos. Solo tenemos este momento para disfrutar, para expresar amor, pero nos lo perdemos porque vamos corriendo para llegar a otro lugar, pensando que una vez que lleguemos estaremos mejor. Que una vez que recojamos la leche derramada o doblemos la ropa o gestionemos ese caso, encontraremos la paz. Pero no. Nunca sucede.

El truco es vivir de forma consciente cada momento de tu día. De la leche derramada, también.

Y esta semana, mientras escribía en mi cuaderno de ideas fugaces sobre la importancia de enseñar a los niños a mirar hacia dentro para observar con cierta distancia lo que nos pasa fuera, recibí este cuento y me pareció una bonita coincidencia. En realidad, nunca lo son. Así que os lo dejo por aquí para que lo pongáis a vuestros niños en casa y/o en el aula. (Al que lleváis dentro, también).

“La vida es bella si amas las diferencias. Si la contemplas de cerca no tiene sentido, hay que alejarse un poco y contemplarla con una gran sonrisa”.

En un mundo que cada vez gira más deprisa, es importante enseñar a los niños a mirarse por dentro, a escucharse y entenderse para poder relacionarse con lo de fuera de una forma equilibrada. Pero, para ello, tenemos que practicar nosotros y no se me ocurre mejor momento para hacerlo que este, pandémico y falto de esperanza. Y es que, ojalá aprendiéramos así de rápido cuando todo va sobre ruedas, pero suelen ser las situaciones adversas las que nos obligan a buscar (dentro y fuera) lo que necesitamos para salir del agujero. Por eso crecemos.

Imagina que estás en medio del pantano de la tristeza y tienes dos opciones, dejar que el lodo te hunda o sacar toda la fuerza que te salga de dentro y los recursos que encuentres de fuera para salir. 

Podemos buscar esos recursos fuera de nosotros en un audio de meditación, en el deporte, en esa canción, yendo a terapia, en tus amigos… Y es importante identificar aquello de fuera que te saca del lodo, que te funciona y no te perjudica (porque beber no vale o, al menos, no siempre).

Tan importante es conectar con la alegría cotidiana de un café y un cielo naranja como identificar los momentos de cielo gris para recurrir a aquellas cosas que nos devuelven de inmediato a nuestro centro…

Lugares refugio.

Personas (o perros) o canciones refugio.

Un paseo entre árboles es refugio para mí, pero no a todo el mundo le funciona lo mismo, por eso es importante conocerse.

Eso que te conecta con TU felicidad, tan personal y tan única. El problema es que no dedicamos ni un solo momento para preguntarnos cuál es nuestro concepto de felicidad. Para saber qué nos devuelve a nuestro centro cuando lo necesitamos. Por eso el ejercicio de escritura balsámica de hoy es ese, mirar hacia dentro para contestar esta pregunta: ¿Cuáles son tus refugios externos? ¿Qué es aquello a lo que recurres cuando sientes que el lodo te empuja hacia el fondo?

Con respecto a los recursos que llevamos de serie (de dentro), la meditación solo nos recuerda que la calma que buscas está ahí, debajo de todo ese ruido mental.

Deja que suceda. Deja que se dé la vida, suelta el control para que aflore en ti eso que solo tienes tú. Deja que emane la sabiduría de tu propia propia fuente. Lo sabes, lo llevamos todo puesto… La meditación y la práctica de la atención plena nos ayudan a vivir más lento, más despiertos para sentir el viento en nuestra cara y, con él, todo lo bueno que nos trae la vida. Si estamos atentos.

Llamó a mi corazón, un claro día,
con un perfume de jazmín, el viento.
-A cambio de este aroma,
todo el aroma de tus rosas quiero.
-No tengo rosas; flores
en mi jardín no hay ya, todas han muerto.
Me llevaré los llantos de las fuentes,
las hojas amarillas y los mustios pétalos.
Y el viento huyó… Mi corazón sangraba…
Alma, ¿qué has hecho de tu pobre huerto?

Antonio Machado.

Cuidemos nuestro huerto. Sintamos el viento

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