Somos frikis y nos gusta. Educar en el autoamor y otras formas de dar alas (y hacer visible lo invisible)

—Mamá, ¿qué es ser friki?

—Pues es ser diferente hija, y hacer de esa diferencia algo feo. Cuando, la verdad, es que todos somos diferentes y únicos, y eso es muy guay. ¿Dónde has oído esa palabra? Por cierto…

—Se lo estaban diciendo a un niño en el patio.

—¿Sabes quién es un poco friki? Mamá. Y, ¿sabes qué? Que me encanta.

La adolescencia se encargará de arrebatarme el velo de “omnipotente” que me recubre a los ojos de mi hija de 5 años pero, de momento, para ella soy una especie de super heroína de los bosques. Y claro, yo me aprovecho. Y trato de lanzarle todo tipo de mensajes de poder mientras dure esa visión idealizada que tiene de mí. Para que esos mensajes enraícen fuerte y florezcan.

Como me ve mi hija.

Vs

Cómo soy en realidad.

Fruto de esta conversación empecé a escribir un artículo sobre el acoso escolar antes de que el coronavirus apareciese en nuestras vidas fagocitándolo todo. Un post que se quedó en modo borrador hasta que el otro día leí “Invisible”, de Eloy Moreno, un libro sobre este tema que me llegó bastante hondo. Pensé entonces en todos esos niños que no quieren volver al cole después de seis meses por este motivo. Y supe que, precisamente, su autor, había recibido un email de un pequeño lector durante el confinamiento.

Un email que decía, textualmente, “…gracias al virus vuelvo a ser feliz porque ya no tengo que ir a clase y sé que ya no van a escupirme, pegarme ni empujarme en los pasillos. Estoy en casa y soy feliz, por primera vez en mucho tiempo”.

Recordé entonces a una niña de 6 años aterrorizada en mitad de un escenario en el baile de fin de curso, incapaz de moverse porque minutos antes la han amenazado cuatro chicas de 8º si lo hace. Las mismas que están sentadas en primera fila haciéndole gestos. Cuatro niñas que llevan meses llevándola a fuerza la parte de atrás del cole, inmovilizándola, humillándola, atemorizándola. Acosándola. Con la advertencia de secuestrarla o hacer algo malo a su familia si habla.

Recordé a una madre mirándola entre el público, incapaz de entender qué le pasa a su hija, tan bailonga, tan llena de vida. Recordé a esa madre preguntándole después de la función que qué le había pasado, si se sabía el baile de memoria. Y a esa niña responderle “Nada, me he puesto nerviosa”.

Supongo que mi hija no me creería si le contara que esa niña era yo.

Y es que con 6 años era bastante peculiar. Me recuerdo jugando sola en el recreo, buscando piedras y bichos. No tenía muchas habilidades sociales. Supongo que era una “presa fácil” para alguien que necesitaba sentir algún tipo de poder por algún tipo de carencia.

Recuerdo el día que me cogieron por primera vez de piernas y brazos y me llevaron en volandas a un rincón apartado del patio. Allí empezó la tortura que, por suerte, no duró mucho. El curso siguiente, pasaron al instituto. Pero sí lo suficiente para que, después de comer, me escondiera en la cocina y me quedara allí, pintando con el hijo de una de las cocineras, para evitar que me encontraran. Esas cocineras fueron las únicas a las que les conté lo que pasaba. Son cosas de niños, me dijeron.

Pero no, no eran solo cosas de niños. Era violencia reiterada e intencionada en un claro desequilibrio de fuerzas o lo que llamamos ACOSO ESCOLAR.

Cuando me piden que entre a una clase para trabajar este tema me gusta empezar con esta pregunta:

¿Alguien sabe decirme qué es la violencia?

Y la respuesta estrella es “pegar a alguien”.

Así que les sorprende mucho cuando les cuento que somos violentos cuando usamos la fuerza para conseguir algo o imponemos algo al otro en contra de su voluntad. Y en base a esta definición nos encontramos que la violencia física es la más evidente, pero también violentamos de forma verbal cuando gritamos, insultamos, marginamos, intimidamos, chatajeamos o amenazamos. Incluso si lo hacemos en redes o por el móvil. Y que este tipo de machaque psicológico, aunque más sutil, es mucho más peligroso.

Cuando este maltrato, además, se hace de forma reiterada, a una persona que no puede defenderse y con una clara intención de perjudicar, hablamos de acoso escolar o bullying.

En el acoso escolar identificamos tres roles principales, el agresor (o agresores), la víctima y los observadores no participantes. Esto también se lo cuento , fundamentalmente para bajar del pedestal al agresor. Y para que sepan que ser testigo de bullying y silenciarlo es posicionarse del lado del agresor.

Y es de ese silencio del que se nutre el acoso. Y del miedo. Del miedo al rechazo, a ser diferente. A no ser aceptado. Y la vacuna para ese miedo es educar en el autoamor.

¿Cómo podemos desarrollar en los niños el amor propio?

A través de los mensajes de poder. Mensajes que les repito y me repito siempre que la vida me da la oportunidad en forma de cosas que no me gusta que me pasen. Mensajes que les refuerzo en los libros que les leo. Mensajes que riego y que confío enraícen en forma de creencias que después les guíen. Y son:

No siempre vas a gustarle a todo el mundo, y no pasa nada. Ahórrate el esfuerzo titánico de complacer a todos. En lugar de eso, céntrate en gustarte tú. Este aprendizaje es complicado porque la necesidad de pertenencia es una de nuestras mayores motivaciones. Queremos sentirnos parte de algo. No solo lo queremos, para Maslow, lo necesitamos.

Una vez satisfechas las necesidades biológicas (descanso, alimentación…) y nos sentimos seguros, buscamos esa sensación de pertenecer a un grupo.

La pertenencia es el sentimiento de arraigo e identificación de un individuo con un grupo o con un ambiente determinado. A través de ella se forman los vínculos, primero en la familia, después con los amigos así que, no nos engañemos, somos seres sociales. Necesitamos de ese pegamento para nuestro desarrollo y nuestra salud emocional. De hecho, la autoimagen se forma de fuera hacia dentro, en función de los mensajes que recibo de exterior. Por eso siempre recomiendo las actividades extraescolares para diversificar contextos de intercambio. Es más difícil que un niño se sienta aislado si tiene varios escenarios en los que relacionarse y varios mensajes que recibir.

Pero, aunque a todos nos gusta sentirnos queridos hemos de entrenarnos en la capacidad de lidiar con el rechazo. Un estudio de la Universidad de Michigan concluye que el cuerpo reacciona ante un rechazo social de la misma manera que a una agresión física, de modo que tendemos a evitar las situaciones que nos exponen a la posibilidad de no ser aceptados. Sin embargo, que nos rechacen no depende tanto de nosotros mismos en realidad, sino de las circunstancias que rodean al otro en ese momento.

No des tanto poder a los demás, nadie puede hacerte sentir de una determinada manera, sólo tú mismo.

Para trabajar en este mensaje ayudan libros como este:

“No me han invitado al cumpleaños”, de Susanna Isern, ilustrado por Adolfo Serra.

Sé tu centro. La cultura nos invita a sentirnos incómodos (culpables/egoistas/etc..) cuando nos posicionamos en el centro de nuestra propia vida. Ocurre más a las mujeres, porque nos educan para que los demás nos acepten, así que nos desgastamos en agradar, llegando a sabotear nuestro propio éxito y anclándonos en la queja, el enfado, la tristeza o el conformismo. En algún momento hemos de ponernos en el centro de nuestra vida, como protagonistas de nuestra historia. Y enamorarnos de ella.

Un vídeo que nos invita a coger el mango de la sartén de nuestra vida.

Mímate. Cuida tu cuerpo con alimentos sanos y deporte. Cuida tu mente con pensamientos positivos y meditación. Háblate bonito, como lo harías a una amiga. Y hazlo cuando más lo necesites, que es cuando las cosas no salen como esperabas. ¿Sabías que nuestro diálogo interno puede modificar ciertas áreas de nuestro cerebro? Al próximo tropiezo cambia el “¿por qué a mí?” por un “¿qué he aprendido de esto?”.

Puedes decir que NO. A la hora de tomar una decisión, párate a analizar si la tomas desde el deber o desde el querer. Hay responsabilidades ineludibles pero, al resto de cosas, puedes decir que NO. La capacidad de poner límites se entrena. La de respetar los límites de los demás, que es igual de importante, también.

Para los más pequeños, ayudan libros como este:

Monstruo pequeño dice NO de Kalle Güettler, Rakel Helmsdal y Áslaug Jónsdóttir.

Acepta lo que no puedas cambiar de ti, mejora lo que sí. Cuando aceptas aquello de tu vida que no depende de ti, dejas de luchar y todo fluye. Esto no significa que tengamos que conformarnos con las partes que no nos gustan, si podemos cambiarlas. Significa que todo es como tiene que ser, aunque no sea como esperabas. Aceptar y aceptarte tal como eres es hacer alquimia con nuestra vulnerabilidad transformando nuestras particularidades en fortalezas.

El anuncio de Trina, una oda a la aceptación personal desde el humor que un día converti en himno.

Siempre me sentí diferente. Y yo quería ser como los demás. Llevar zapatillas de marca, tener una madre ama de casa, como la mayoría de mis amigas, vivir al lado del cole y no al otro lado de la ciudad, jugar bien al futbol y que me eligieran de las primeras al hacer los equipos. O, al menos, no la última. Tener un perro, no 14.

Con el tiempo convertí esas diferencias en fortalezas. Y descubrí que en esas singularidades se encontraba mi verdadera esencia. Y que esa esencia es nuestro mayor poder. Y conocí a mis amigas, que son mi gran suerte. Juntas fundamos una “Asociación protectora de insectos” y acuñamos un lema que hoy, 30 años después, seguimos vitoreando en cada cena: “Somos frikis y nos gusta”.

Yo. Y mis amigas frikis como yo.

Y estos 5 mensajes se sintetizan en uno muy simple pero tremendamente poderoso. La próxima vez que vuestro hijo os cuente que se han reído de su pelo o sus zapatos enséñale a decir:

“ME GUSTA CÓMO SOY”.

Aunque no lleve las zapatillas más caras o tenga los ojos más bonitos.

Me despido con un trocito de “Invisible”. Cuando acabé de leerlo, volví a 1986, a la parte de atrás de mi cole y subí a esa niña que fui en un dragón, uno como el de La historia interminable. Volamos muy alto y desde ahí arriba, las cosas que antes le parecían muy grandes, se veían tan pequeñas, que no parecían tener tanta importancia. Entendió entonces que seguramente aquellas niñas necesitaban a ese dragón mucho más que ella. Y que tenía sus propias alas: el amor y la confianza en ella misma para ser libre y vivir sin miedo.

—Mirad, el mundo está lleno de guerreros, el problema es que valientes hay muy pocos y en cambio cobardes hay por todos lados: en la calle, en el trabajo, en el instituto, incluso podríamos encontrarlos en esta misma clase —y después de decir eso la profesora cambió de tema—. Bueno, y ahora sigamos con el libro, ¿por qué página íbamos?

Todos abrimos el libro sin decir nada, aunque todos sabíamos quién era el guerrero cobarde, quien era la ardilla, y desde hacía unos días, también sabíamos quién era el dragón.

MM permanece en silencio, sabe que, aunque nadie se atreva a mirarle, ahora mismo todos están pensando en él, en el guerrero cobarde que ataca a la ardilla.
Mira con rabia la espalda de esa profesora que lo está dejando en ridículo delante de todos y se da cuenta de que hoy ella lleva una camisa abierta por detrás, una camisa que deja al descubierto la cabeza de un dragón que no para de observarle.

Invisible. Eloy Moreno.
Seámos ese dragón. Por ellos. Por nosotros. Despleguemos nuestras alas.

A mis amigos. Mis dragones.

4 comentarios de “Somos frikis y nos gusta. Educar en el autoamor y otras formas de dar alas (y hacer visible lo invisible)”

  1. Hola, me encanta esta historia de hoy, bueno, de hecho todas las que he leído tuyas. Yo también fui una niña especial,quizás friki en su momento. Me encantaba el fútbol y jugaba todos los días con los niños en el recreo. Nadie se metía conmigo. Supongo que tenía una habilidad especial de la que el resto carecía, no me metía con nadie y jamás insultaba a nadie. Todos me apreciaban en cierta medida. Pero mi caso no era el del resto de la clase. Todos y cada uno de ellos tenía un mote con el que se referían a los demás. Como te he dicho yo nunca usaba insultos contra ellos. Sabía que a nadie le gustaba el mote que tenía y por lo tanto no los usaba (era la única que no tenía mote). Pero sí vi como eso afectaba muchísimo a muchos de ellos y hoy soy consciente del daño que se hicieron. Nuestro tutor trató de solucionarlo y atajarlo pero no lo consiguió del todo.
    Hoy soy maestra y doy gracias por el día que conocí la inteligencia emocional y también el trabajo de Ana Peinadoy Raúl Gallego, El proyecto arco iris de educación emocional. Lo trabajo en clase y es maravilloso ver las pequeñas transformaciones que se producen en ellos, sobre todo en la aceptación de los demás (es lo que más he podido ver yo). Solo cuando comprendemos que todos tenemos momentos difíciles podemos ver el por qué de ciertos comportamientos en los compañeros, o lo que viene siendo EMPATIA…
    También les pongo las meditaciones de Tranquilos y atentos como una rana. El viernes al terminarla un niño de 10 años me dijo: “no sé qué ha pasado pero se me han saltado las lágrimas”, ¿qué bonito, verdad?

    Bueno, de nuevo reiterar que me encanta leer lo que escribes y que hay otro cuento precioso que viene mucho al caso: Yo voy conmigo, te encantará.

    Un saludo,
    Carmen.

    1. Hola Carmen,
      millones de gracias por tu comentario, me ha encantado leerte y saber que esa luz que tienes se expande y ayuda a esos niños a sacar la suya propia, conectar con su presente y su esencia, su presencia.

      Conozco el trabajo de Ana y Raúl, son maravillosos, igual que ese libro que mencionas que me llegó muy dentro y le leo mucho a mis hijos, qué importante es enseñarles a conectar con lo que son, cada una de sus partes y no quitarse ninguna para caber en el molde del otro. Podemos limarnos, flexibilizarnos y movernos de sitio para ver las cosas de otro modo, pero nunca renunciar a eso que somos.

      Un abrazo y enhorabuena por tu labor😊

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *