Busca tu estrella. Cómo ser tu propia suerte

“Para ti es fácil. Naciste con estrella”. Me dijeron una vez.

Lo cierto es que no fue fácil o, al menos, no todo el tiempo.

Y sí. Creo que tengo mucha suerte.

La suerte de haber pasado por todas las experiencias que he vivido para aprender lo que tenía que aprender. Y así poder contarlo. Contárselo a ese alumno que viene a mi despacho con un nudo en la garganta. Contarlo al mundo a través de mis artículos y ser esa suerte para quién los encuentra. La suerte de haber conocido a todas esas personas que han sido faro para mí y por las que hoy soy la persona en la que me he convertido. 

Podría decirse que nací con una estrella dentro. Todos la tenemos, en realidad. Todos tenemos una luz pero, a veces, el ritmo de vida, las creencias sobre nosotros mismos, las experiencias vividas… la debilita tanto que parece no brillar.

De nosotros depende qué hacer con todo eso que nos llega, casi siempre, para transformarnos. En nosotros está la alquimia que transforma un acontecimiento en un aprendizaje. Y, por supuesto, de nosotros depende volver a conectarnos con esa luz, nutrirnos de ella y expandirla al mundo. Convertirnos en personas con estrella y ser esa suerte para quién nos encuentra.

Es posible entrenar la mente para focalizarla en los aspectos positivos de cualquier situación, por dura que parezca. La aparente sencillez con la que veo el lado bueno de las cosas no es más que el fruto de un hábito que empezó siendo una niña (una bastante “ceniza”, por cierto) como un juego:

“A partir de ahora, cada vez que algo nos haga sentir mal, vamos a darle la vuelta y a hacernos esta pregunta: ¿qué puedo sacar de positivo a esta situación?” Me dijeron.

Un juego que os invito a hacer con vuestros hijos/as y alumnos/as porque sus cerebros están en construcción y tenemos la posibilidad de moldearlos. De modo que si mi hijo pequeño llora porque a su hermana la han invitado a un cumpleaños y él no puede ir, le animo a focalizarse en la suerte de poder elegir la peli esa tarde y quedarse de rey del sofá. Es muy posible que al día siguiente llore por lo mismo, y al otro… pero un día, estará tan acostumbrado a gestionar, que empezará a salirle de forma natural afrontar así las situaciones adversas. Está claro que no poder ir a una fiesta no es comparable a situaciones realmente dramáticas, pero os aseguro que este ejercicio es un entrenamiento para esas otras adversidades más difíciles de gestionar que pueden darse en la vida de cualquiera.

Cada día tenemos la oportunidad de convertirnos en profesores de una especie de “Escuela de Buena Suerte”. Y, por extraño que pueda parecer, esta escuela ya existe. La fundó el psicólogo Richard Wiseman tras 10 años de experimentos con más de 400 sujetos llegando a la conclusión de que la actitud de las personas es un factor predictivo de su buena o mala suerte.

Fruto de su investigación estableció cuatro pilares o principios para atraer esa buena estrella a nuestras vidas. Y es que, las personas afortunadas:

En realidad son personas más abiertas a las oportunidades que les brinda la vida. Son expertas en descubrir y crear ocasiones propicias a través de una actitud abierta y relajada. En uno de sus experimentos, se pedía a los participantes que pasearan por la calle. Las personas que se consideraban a sí mismas como afortunadas eran capaces de ver que se habían colocado billetes en los árboles. Sin embargo, la gran mayoría de los que se consideraban a sí mismos como poco agraciados no se percataban de ese hecho.

La apertura a la experiencia es un factor clave para “tener suerte”.

Ponen el foco en los aspectos positivos de las situaciones. Las personas que se consideran afortunadas, afrontan los cambios forzosos como algo positivo, son capaces de convertir las situaciones adversas en oportunidades de crecimiento. En definitiva, se quedan con lo bueno. En un ejercicio mental se instaba a los participantes a imaginar que recibían un disparo durante un robo de banco. Las personas que se habían definido a sí mismas como suertudas percibían este hecho como un golpe de suerte por haberse salvado de la muerte. Sin embargo, los que se sentían poco agraciados de manera innata ponían el foco en la mala suerte por haber recibir el disparo.

Las personas con buena suerte son expertas en el maravilloso arte de bailar bajo la lluvia.

☆ Confían en su intuición: En ese puente que une el intelecto y la emoción, ese instinto que nos marca la dirección correcta aún cuando nunca hemos recorrido el camino. Los individuos con suerte acostumbran a hacer caso a sus corazonadas, eso a lo que cada vez estamos más conectados si dedicamos un ratito cada día a escuchar nuestro cuerpo. Meditaciones como esta, ayudan:

Meditación del agua para soltar y conectarnos con nuestro cuerpo. Trata de conectar con la parte de silencio hasta que vuelva a sonar la música final. Los pensamientos van a aflorar en ese silencio, trata de aquietarlos, de soltarlos, sin juicio…

☆ Acostumbran a pensar que sucederán cosas buenas. Esperan que ocurrirá la mejor opción y, si no es así, lo siguen intentando focalizándose en el esfuerzo y no tanto en el resultado. Son personas que disfrutan más de la travesía que del destino, porque saben que el viaje está plagado de oportunidades de crecimiento.

Una suertuda pensando que lo mejor siempre está por llegar.

Y es que somos el resultado de lo que nos pasa. Y de las personas que pasan por nuestra vida. Podría parecer una cuestión de suerte, pero lo cierto es que, ante la adversidad solo tenemos dos caminos, y uno nos lleva a bucear dentro de nosotros mismos. Solo ese nos salva y nos devuelve el poder que dejamos en manos de otros. 

Y esa luz vuelve a brillar.

Conectarnos con la responsabilidad nos aleja del rol de víctima que nos ancla al sufrimiento. Sentir un profundo agradecimiento por todas las experiencias que nos han causado dolor, porque son las que nos han confrontado con nuestra sombra, con la herida del niño que todos llevamos dentro. Y trabajar para sanarla. Esa es nuestra gran suerte. Y tiene más que ver con una actitud que con la casualidad.

No elegimos lo que nos pasa pero sí qué hacer con ello. Yo un día decidí escribirlo.

Buena suerte, mala suerte… ¿Quién sabe?

Érase una vez un granjero que vivía en una pequeña y humilde aldea. Sus vecinos le consideraban afortunado porque tenía un caballo con el que podía arar su campo pero, un día, el caballo se escapó a las montañas. Al enterarse los vecinos acudieron a consolar al granjero por su pérdida. “Qué mala suerte”, le dijeron.

A lo que el granjero respondió: “mala suerte, buena suerte, quién sabe”.

Unos días más tarde el caballo regresó trayendo consigo varios caballos salvajes. Los vecinos fueron a casa del granjero, esta vez a felicitarle por su buena suerte.

“Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?”, contestó el granjero.

Poco después, el hijo del granjero intentó domar a uno de los caballos salvajes pero se cayó y se rompió una pierna. Otra vez, los vecinos lamentaron su mala suerte y otra vez el anciano granjero les contestó:

“Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?

Al tiempo aparecieron en el pueblo unos oficiales de reclutamiento para llevarse a los jóvenes al ejército. El hijo del granjero fue rechazado por tener la pierna rota. De nuevo los aldeanos comentaron la buena suerte del granjero y, de nuevo, este les dijo:

“Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?”.

Anthony de Mello
Sadhana, un camino de oración

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