Reconocer y honrar nuestra ira: el 1º paso para poder gestionarla en niños y adolescentes

Tienes un dragón dentro. Es un dragón salvaje y tenemos que domarlo. Yo te voy a ayudar, ¿vale?le dije a mi hijo.

—¿Cómo vas a saber?—me contestó.

—Porque yo tengo uno también.

Estas fueron nuestras últimas palabras al apagar la luz el otro día. Esa tarde hubo rabieta, y no cualquier rabieta. Fue una esas que tardan 40 minutos en apagarse. De esas que, incluso cuando ya han pasado, y el niño cierra los ojos, todavía dejan un rastro en forma de sollozos ahogados mientras duerme (los “suspiritos” de los que hablo en mi cuento).

De esas que te dejan con “mal cuerpo”.

Cuando hablo de la intensidad de mis hijos la gente suele suele decirme cosas del tipo “pero si son un cielico”. A lo que yo contesto que sí, que son maravillosos pero ni lo cortés quita lo valiente, ni lo “cielico” lo intenso. Y ellos lo son. Y a mí me encanta que tengan esa fortaleza de carácter que les va llevar directos a defender aquello en lo que creen. Pero es importante que, como adultos, sepamos reconducirla y enseñarles a gestionarla para que puedan vivir en armonía con ellos mismos y con los demás.

Tienen que aprender a manejar su dragón.

Es problema es que nadie nos ha enseñado a nosotros a lidiar con nuestras emociones y, cuando las vemos en el de enfrente, sea un hijo, un padre o nuestro jefe, hay una tendencia a ser reactivos con esas pasiones, que nos hacen de espejo de las propias.

Lo que veo en el otro no es, ni más, ni menos, que lo que llevo dentro.

Aprender a manejarnos con nuestro mundo afectivo nos facilitaría la vida a todos pero considero que es una asignatura troncal para padres, madres y docentes. ¿Por qué? Porque estamos expuestos a más situaciones potenciales de desquicie que la media. Y es que lidiar con individuos en proceso de aprendizaje del control de impulsos con escasa o nula capacidad para gestionar su mundo interno es una deliciosa pero agotadora responsabilidad.

Pero, para poder enseñar a niños y adolescentes a manejar su emoción tenemos que saber gestionar la nuestra. No hay otra forma de hacerlo. ¿Cómo vas a enseñar a alguien a conducir un camión si no te has montado en uno en la vida? Puedes leer cientos de libros sobre buceo pero, si tú mismo no has experimentado el peso del agua sobre tu cuerpo, no puedes enseñar ni transmitir con confianza y emoción, que es la base del aprendizaje. No tienes la misma credibilidad.

Lo mismo pasa en el mundo de la educación emocional. Queremos que los tutores trabajen en clase el autoconocimiento y la gestión emocional y creemos que con darles una ficha y explicarlo en una sesión de tutoría en un nivel mental les estamos dando las herramientas que necesitan para poder integrarlo y transmitirlo en clase. Pero eso no es posible. Hemos de dotarles de formación, estrategias y recursos que les ayuden a lidiar con su propio mundo interior, partiendo de situaciones concretas de su vida, y así poder enseñar a sus alumnos. Resolviendo, de paso, multitud de conflictos y problemas que se viven en el aula.

De esta idea tan simple surgió “Las alas de Lady Pájaro”, porque no podemos desplegar las alas de nuestros hijos y/o alumnos si nosotros mismos no nos permitimos volar.

Esas mismas herramientas con las que trabajo mi propia emoción fueron las que me ayudaron a acompañar a mi hijo en la suya. Y reconducirla.

“Te puedes enfadar pero se acabó el juego para ti un rato, hasta que te calmes. Voy a sentarme aquí. Tengo todo el tiempo del mundo…” 

Y ahí me senté, en el suelo del baño mirando al techo, “actuando como si” estuviera serena (que, ya hemos explicado en otros artículos, es el 1º paso para estarlo) y un tic en el ojo. A esperar a que dejara de gritar con consignas breves y muy concisas: “Te puedes enfadar pero no puedes gritar o golpear”, “cuando te calmes hablamos”. Porque en ese momento no se puede razonar ni dialogar.

“Actuar como si” es una técnica que te ayuda a desarrollar actitudes y ensayarlas.

Los minutos parecen horas en esta situación, mantén la calma, porque hay un momento en el que el globo se desinfla. Y está más receptivo para escuchar. Entonces podemos lanzarle un mensaje parecido a este:

“Yo te quiero mucho, cuando te enfadas también, y, aunque te entiendo, no puedo dejar que tires cosas o grites en casa.  Hay que ser muy fuerte y muy valiente para reconocer cuando uno se ha equivocado y decir lo siento. Para tirar cosas no, eso lo sabe hacer todo el mundo. Aunque ahora estés enfadado veo al niño fuerte y valiente que sé que eres. Está ahí debajo de tu enfado, como le pasa al demonio en la peli de Vaiana, ¿te acuerdas?. Y si te apetece, puedes venir a darme un abrazo y pedir perdón”.

Y normalmente se tiran a tus brazos. Porque lo están deseando, porque lo único que necesitan, es que les reconduzcamos, que les guiemos. Y le pongamos los límites claros (esto NO lo puedes hacer), les ayudemos a saber reconocer lo que están sintiendo (porque no lo saben) y cómo gestionarlo. Pero tienen que percibir en ti esa auténtica serenidad. Una serenidad que es difícil porque su enfado nos conecta con una ira que es nuestra y que no nos hemos trabajado. Con creencias del tipo “lo estoy haciendo fatal” o “se me va a subir a la chepa”. Una rabia que nos hace de espejo.

Así que mi propuesta de hoy es que nos pongamos frente a frente con el niño herido que llevamos dentro y le demos permiso para berrear. Y el discurso que le solté a mi hijo tiene las claves para trabajar nuestras propias emociones y lo destripo aquí en forma de TIPS. Mensajes de poder de los que siempre hablo y que nos vamos a decir a nosotros mismos cuando tengamos que lidiar con nuestro propio enfado en la vida cotidiana:

★ “Te reconozco. Te honro. Te permito sentir”. Reconocer el dolor es honrarnos. Y es el primer paso para transformarlo.  Existe una falsa idea de que es el desarrollo personal es ser feliz todo el rato.  Y no es así. De hecho, una de las bases de la psicología positiva es la aceptación de nuestros estados de ánimo, porque todas las emociones tienen su función y nos avisan de que hay algo de lo que tenemos que ocuparnos. El enfado, en concreto, nos permite poner un límite ante lo que interpretamos como un abuso y es importante conectar con él. Hay personas que tienen verdaderas dificultades para conectar con su ira y, ante una situación que la requiere, la gestionan desde la tristeza. Son incapaces de poner límites por un miedo al rechazo.

Reconocer nuestras emociones, escucharlas y darles el espacio que merecen es la llave para una vida plena. Yo no creo que sentirse vulnerable sea ser débil, de hecho creo que hay que ser muy fuerte para conectar y mostrar nuestra vulnerabilidad. Eso nos honra.

Todos hemos llorado en la ducha, ¿no?

★ “Te sostengo. Conecto con tus necesidades. Te atiendo”. Vamos a empezar a liberar a los demás de la obligación y el peso de que nos den lo que necesitamos. La mayoría de enfados provienen de un esperar del otro más de lo que podía darnos. Esperar aquello que hemos dejado de darnos nosotros. Entonces, cuando no cumple nuestras expectativas, depositamos en nuestra pareja, madre, amigo/a… toda nuestra rabia y decepción. Entender que ya estamos completos, que todo está dentro de nosotros, nos da una tremenda paz. Empecemos a creernos que la felicidad depende más de nosotros mismos que de nadie. Solo de esta forma, cuando tenga que lidiar con una tarde revuelta, como la mía del viernes en el último día de bares abiertos de la ciudad, me atenderé. Conectaré con lo que necesito, sea un cola cao y una peli o un baño con velas (y dinosaurios de plástico, que también) y me lo daré yo en vez de abandonarme.

Igual que mi bañera pero sin dinosaurios de plástico dentro…

★ “Estoy disponible para ti. Busco los espacios y los tiempos para escucharte”. El mayor obstáculo para gestionar nuestro mundo afectivo es la falta de tiempo para indagar en él. De esta forma, solemos tomar decisiones basadas en el miedo, el enfado, la culpa o cualquiera de las emociones que nos contaminan en ese momento. Meditar sirve para darnos ese espacio y ese tiempo, para aquietar el pensamiento y decidir si nos queremos quedar o queremos irnos de una determinada situación. Para saber qué cosas depende de nosotros cambiar y cuales no. Y aceptar las que no. Y dejar de sufrir porque las cosas son como son y no cómo nosotros esperábamos. Para tomar decisiones alineadas con lo que me importa a mí y no al de enfrente.

Pero, cuando tenemos una emoción negativa dentro, en lugar de pararnos a sentirla y hablar con ella, tendemos a anestesiarla a golpe de Netflix. Que, ojo, está muy bien a veces, pero si la evasión se convierte en tendencia evitativa, esa anestesia general nos va a impedir dar los pasos que tenemos dar hacia la vida que queremos llevar.

¿Quién soy?, ¿qué quiero?, ¿hacia dónde quiero ir?

Hoy os dejo con un ejercicio para conectarnos con esas emociones incómodas para las que nunca encontramos el hueco para trabajar. También para conectar con nuestras necesidades. No es un trabajo mental. El objetivo de este audio es, precisamente, todo lo contrario. Queremos que la mente se aquiete y nos permita sentir. Que nos demos el espacio y el tiempo necesarios para conectar con una determinada situación que nos llevó a una determinada emoción (o eso creemos, luego veremos que no son las situaciones las que nos hacen sentir de una determinada manera, sino cómo las interpreta nuestra mente). Y darnos cuenta de que, la mayoría de emociones negativas provienen de una demanda interna hacia el otro, que no hemos sabido darnos.

Hacer un chequeo semanal (el diario sería lo ideal) de nuestras emociones “negativas” para analizar y gestionar todo aquello que nos pasa por dentro y a lo que apenas dedicamos atención nos ayuda a desbloquear situaciones. Este ejercicio meditativo es el paso previo a ese análisis posterior, más mental.

“Tengo el poder sobre los pensamientos y creencias que me conducen a esta emoción”. Solemos pensar que son las situaciones las que nos conducen a un determinado estado de ánimo, de modo que si pillo un atasco y me enfurezco, mi enfado lo ha generado ese atasco.

SITUACIÓN → EMOCIÓN

Estoy en un atasco → Enfado

Entonces, si los atascos producen enfado, ¿por qué no todo el mundo se enfada en ellos? Es más, ¿por qué en algunos atascos me enfado y en otros no? ¿Será que no son los atascos los que generan la emoción sino la interpretación que hacemos de esa situación?

SITUACIÓN → PENSAMIENTO → EMOCIÓN

Estoy en un atasco → Voy a llegar tarde, me van a despedir → Enfado / Miedo

Estoy en un atasco → No tengo prisa, puedo seguir con el podcast → Alegría

Este tip da para un artículo entero y profundizaré en él, pero lo que siempre les cuento a mis alumnos es que nuestros pensamientos son la forma en la que interpretamos la realidad, son como las gafas con las que vemos el mundo. Y nosotros podemos elegir el color con el que mirarlo. Lo ideal es que sean lo más transparentes posible, porque edulcorar la realidad tampoco es saludable y no nos engañemos, a nadie le gusta llegar tarde. Pero, aunque eso suceda, nada es tan terrible y puedo modificar mi terribilista“me van a despedir” por un “voy a llamar a mi jefe, esto le puede pasar a cualquiera“.

Los pensamientos que generamos son nuestras forma de interpretar lo que nos pasa, son las gafas con las que vemos el mundo.

A veces las situaciones no se pueden cambiar, pero sobre lo que tenemos un verdadero poder es sobre el pensamiento que generamos y que determina nuestro estado emocional. El problema es que los pensamientos vienen de forma automática y aprender a identificarlos y modificarlos implica hacer un trabajo conmigo mismo. Escribir cada noche las situaciones que nos han hecho sentir malestar y hacerlo de la forma más objetiva posible, eliminando cualquier interpretación personal es un buen ejercicio de escritura balsámica. Expresar en una frase el pensamiento que generó esta emoción de la forma lo más realista posible, eliminando la dosis cinematográfica que le ponemos a veces a la vida nos ayudará a enfocar las cosas de un modo distinto.

Recomiendo llevar a cabo este ejercicio inmediatamente después del anterior, partiendo de ese estado de calma mental puedo trabajar mejor los pensamientos que me han llevado a una determinada emoción. Y esos pensamientos me conducirán directamente a las creencias que se activan de forma automática en mí y de las os hablaré en otro artículo o este se hará eterno.

La noche que cerraron todos los bares de la ciudad (parece el título de una película de terror), hablando con una amiga, me dijo que le encantaba el optimismo con el que me tomaba las cosas. Yo le contesté que me había sentado igual que a todo el mundo. Que la única diferencia entre ella y yo era que yo había aprendido a meditar antes. Había aprendido a escucharme y a darme lo que necesitaba.

Cómo cambiaría nuestra vida y la de los que nos rodean si nos sostuviéramos a nosotros mismos. Si cambiáramos nuestro diálogo interno. De la comprensión de nuestros estados de ánimo surgiría la empatía por el otro, aprenderíamos a mirarnos y a mirar de otra forma. Os animo a hacerlo. A sostener a nuestro propio niño y decirle algo parecido a esto:

“Tengo todo el tiempo del mundo para sostenerte y escucharte. Reconozco en mí el enfado (o el miedo, la tristeza…) y me doy permiso para sentirlo porque me avisa de qué cosas tengo que empezar o seguir trabajando. Veo lo que hay dentro de mí. Sé quién soy de verdad, y es lo que hay detrás de todo ese ruido mental”.

Hay que ser muy valiente para mirar de frente nuestra emoción. Reconocerla y honrarla. Y, al hacerlo, se transforma.

4 comentarios de “Reconocer y honrar nuestra ira: el 1º paso para poder gestionarla en niños y adolescentes”

  1. Muy buen artículo y maravillosamente explicado, Inma. Me sirve de mucha ayuda. Llevaré a cabo los tips que recomiendas. Me has recordado lo que es la TREC de Albert Ellis y lo necesaria que es practicarla, además de lo importante que es la psicología positiva, (diferenciándola del simple pensamiento “happy”). Muchísimas gracias. 😘👌🏻

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