Corre deprisa. Vive despacio. Las 12 mejores enseñanzas de mis Maestros

— No quiero cumplir más años mamá.

— Pero, ¿por qué? Si estabas deseando cumplir los 6…

— Porque los mayores vais deprisa pero corréis despacio. Y a mí lo que me gusta es correr rápido. Por eso no quiero hacerme mayor.

Hoy hace 6 años que me convertí en madre y di la bienvenida a mi primera Maestra de vida. Dos años después llegó el segundo. Tengo decenas de conversaciones como esta a lo largo de mis frenéticos días con ellos. Conversaciones que, a veces, reconozco, no me da tiempo a procesar pero que, después, si la vida y mi cabeza me lo permiten, suelo anotar en una nota del móvil que he llamado “Anecdotario”.

Esta, concretamente, sucedió hace un par de días, en la víspera de su cumpleaños. Lo cierto es que no le di mucha importancia pero al día siguiente, mientras corría, mirando la luna esconderse entre los árboles con el piano del “Struggle for pleasure” de Mertems en mis auriculares, volvieron a mí sus palabras. Vais deprisa. Corréis despacio”.

Recordé entonces cómo habían sido nuestros últimos días, mi impaciencia para vestirlos, para que aprendan a abrocharse los zapatos, para que se acaben el desayuno, para que recojan sus juguetes, para no llegar tarde, para pasar al siguiente instante sin mirar el que está sucediendo a los ojos.

Entonces aceleré. Corrí tan rápido como pude. Sentí la potencia de mis piernas contra el suelo y la vitalidad expandirse por todo mi cuerpo como hacía tiempo que no la sentía. Y volví a hacerme el firme propósito de enraizarme en este presente mío. Correr más rápido. Vivir despacio. Y me perdoné por los momentos en piloto automático porque, si hay algo que la maternidad también me ha enseñado es que he de ser indulgente conmigo, de la misma manera que lo soy con ellos.

Pensé entonces en esta y todas las enseñanzas que me han ido dejando mis pequeños a lo largo de su corta vida. Y que os dejo por aquí, por si os inspiran u os sirven:

☽ Que todo puede esperar pero las cosas buenas hay que disfrutarlas cuando y cómo llegan, porque a veces no vuelven. Este es uno de los mejores legados de mi madre que solo pude entender cuando me yo convertí en una y empecé a valorar más los huecos libres en mi agenda. Y esta una de nuestras conversaciones más recurrentes desde que tengo uso de razón:

Mamá no sé si ir a este viaje/evento/cena/loqueseaconpintadedivertido que me ha surgido, ya tendré tiempo…

VETE. Las cosas buenas hay que cogerlas cuando y tal como vienen, porque las malas vienen solas. Y no avisan.

Y esta pandemia me recuerda todas las fiestas a las que no fui y todas las escapadas que no hice… Y celebro cada bizcocho y cada encuentro.

☽ Que, del mismo modo que les consuelo y sostengo cuando tropiezan, lo hago conmigo cuando lo necesito. Que es importante rodearse de personas que nos vean, nos miren y nos sostengan.

☽ Que no soy invencible pero sí más fuerte de lo que creía.

☽ Que la paciencia es uno de mis dones pero no es infinita. Y no pasa nada. 

☽ Que la serenidad es estar donde están mis pies y que los míos necesitan ponerse del revés y mirar al cielo de vez en cuando. Y que, al hacerlo, todo empieza a suceder en slow motion.

☽ Que la naturaleza es mi gran aliada en esto de la crianza, que les nos calma, les nos centra y les nos permite ser. Y no puedo, ni quiero, vivir desconectada de ella. 

☽ Que soy una madre más risueña cuando me cuido y busco espacios y tiempos para mí. Y ellos lo agradecen. Que si quiero que mis hijos sean felices tengo que conectar con mi propia alegría y ser su mayor ejemplo. Y esa alegría a veces es solo un café conmigo.

☽ Que se puede (y se debe) decir que no porque los límites son una forma de autocuidado. Y que esos límites surgen de forma natural y se expresan de forma amorosa cuando nos conocemos, escuchamos y respetamos a nosotros mismos. Cuando ponemos una barrera de forma brusca o fría, normalmente es porque vamos tarde, no hemos sido honestos, primero, con nosotros. Cuando aprendemos a escucharnos y a comunicar nuestras necesidades y emociones a los demás todo fluye. Pero, para eso, tenemos que saber cuáles son. Conocernos.

☽ Que la presencia y sentarme en el suelo y solo mirarles es la magia que hace que sus reclamos cesen pero, a veces, tengo que estar en dos, tres y hasta cuatro cosas a la vez y no me juzgo por ello, porque la cena no se hace sola.

☽ Que todo es perfecto como es, aunque no sea como lo habíamos imaginado pero si algo no nos hace felices y depende de nosotros cambiarlo, hemos de tener el valor de hacerlo. Empezando por nosotros mismos. Porque somos el espejo donde se miran.

☽ Que la felicidad la tenemos dentro, no fuera. Que son momentos y tiene mucho que ver con el arte de valorar las pequeñas grandes cosas, como un chocolate caliente en mi sofá mientras veo el Club de los poetas muertos por vez nº 25. Una canción. O escribir estas líneas. Aunque eso, yo ya lo sabía. 

“Me revelaste un mundo de felicidad que nunca había habitado. Fue tu regalo de pureza”. Dolores O’Riordan en esta maravilla de canción para su hijo Tylor, banda sonora de mis sábados noche.

En definitiva, mis hijos me enseñan cada día a conectar con el momento presente, a aceptarlo tal como es.

Hace unos días un compañero de profesión, un mago de las palabras y los cuentos, me contaba que los griegos tenían dos palabras para referirse al tiempo: Cronos y Kairos. Cronos es el tiempo que se puede medir, en ese modo vivimos una sucesión de instantes calculados y planificados, que dificultan el natural fluir de las cosas. Sin embargo, cuando estamos en Kairos, sentimos que el tiempo se ralentiza. Ocurre cuando tienes una conversación deliciosa, cuando miras los ojos de ese alguien especial o te metes de lleno en la trama de un libro. Sucede que el tiempo deja de existir. Es el momento adecuado para cada cosa y todo es como tiene que ser. Cuando tiene que ser.

Cuando, además, me contó que Cronos devoró a sus hijos no pude evitar decirle: “Eso lo que yo hago cuando estoy en Cronos, Lorenzo. Literalmente me como a mis hijos. Y esos instantes, ya no vuelven”.

Así que corramos deprisa. Vivamos despacio. Y si la vida nos hace un regalo, agradezcámoslo y definitivamente, aprovechemos el momento.

“Carpe diem”. El club de los poetas muertos. Peter Weir. 1989.

3 comentarios de “Corre deprisa. Vive despacio. Las 12 mejores enseñanzas de mis Maestros”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *