Esa luz que nunca se apaga

En Okinawa son frecuentes los encuentros con lo que ellos llaman su “grupo moai”: un grupo de amigos que se dan apoyo logístico y emocional para toda la vida. Algunos dicen que esta puede ser una de las claves de su longevidad, porque es una de las llamadas zonas azules o de mejor salud del mundo.
Moai significa en japonés «reunión para un propósito común» y que todo esto llegue a mí hoy, recién salida de mi retiro yóguico de invierno, no puede ser casualidad. Y, si lo es, me ha parecido lo suficientemente bonita como para inspirar este artículo. 

Desde hace varios años comparto un fin de semana de cada tantos (menos de los que me gustaría) con personas afines a una de esas pequeñas grandes cosas que me dan la felicidad. Me llevaría más de un artículo explicar por qué el yoga lo es, y lo haré, pero no en este post. 


Hoy hablamos del propósito. De ese para qué estamos aquí o lo que yo llamo esa luz que (todos, aunque no lo sepamos) llevamos dentro. De la importancia de encontrar brisas que aviven esa chispa para no enfadarnos con el mundo cuando no es cómo habíamos imaginado que sería.


⋆ Cuando nuestra pareja no cumple nuestras expectativas en cualquier ámbito.

⋆ Cuando nuestro hijo no se comporta cómo “debería” (o creemos que debería).

⋆ Cuando vas para treinta y algunos y aún no eres madre, ni sabes si quieres serlo.

⋆ Cuando un ser querido, con todo lo que nos quedaba por hacer juntos y decirle, nos deja antes de tiempo.

Reconozco que a mí estos retiros, que tanto me aportan, a priori, me dan un poco de pereza, porque implican salir de una zona de confort y cobertura, y desengrasar una serie de habilidades anquilosadas desde la maternidad como, por ejemplo, la de convivir con personas que no conozco demasiado. Luego te abres y descubres las mismas inseguridades que tú tienes en el resto. Los mismos dilemas, las mismas luces y las mismas sombras. Y disfrutas.


La casualidad, que nunca lo es, me ponía de compañeras de estancia a dos de esas personas que ya saben a qué han venido a este mundo y que inspiran con su presencia, sin necesidad de decir mucho. Dos mujeres con luces muy brillantes dentro.

Una de ellas, portaba un pequeño kit de acuarela, con pinceles y láminas, en las que iba plasmando su mejor fortaleza: la de mirar y deleitarse con la belleza del mundo. “Veo colores en mi interior” nos decía. Yo la veía pintar desde aquel acantilado y no sabía qué me parecía más inmenso, si el mar o la aparente sencillez con la que lo bocetaba en apenas unos segundos. La majestuosa ligereza con la que mezclaba los colores y los convertía en algo más grande, suspendido en el aire, algo que tenía vida propia.

Charlamos sobre educación, sobre la creatividad, sobre cómo siendo joven había dejado de pintar en un acto de rebeldía, obligada a plasmar cosas que no sentía dentro. Hablamos de la necesidad de equilibrar la enseñanza de la técnica con el disfrute de crear en libertad para motivar a los más jóvenes, y poder sacar así lo mejor que llevan dentro. 
De lo importante que es que, como adultos, docentes, padres o abuelos, ayudemos a los niños a avivar esa luz.

Pero para poder irradiar a otros, tenemos que brillar nosotros. Y brillamos cuando nos sentimos realizados en nuestro día a día, cuando disfrutamos de lo que hacemos, cuando nos escuchamos y sabemos qué necesitamos. Y lo pedimos. Y nos lo damos nosotros mismos.

Cuando nos permitimos ese espacio propio. Con vistas. Y lo habitamos.
Entonces nos convertimos en esa brisa para el resto, esa suerte para quién nos encuentra. 
Ayudan un paseo por el monte, un poema de Whitman, un taller de acuarela o cualquier otro “moai” que nos haga quizá no más longevos, pero sí más felices.
Un retiro yogui, también. 

… Pero el día en que al alba me levanté del lecho con la salud perfecta, renovado, cantando, aspirando el fresco aliento del otoño,

Cuando vi palidecer en el oeste a la luna llena y perderse en la luz de la mañana,

Cuando erré solo por la playa, y desnudo me sumergí en el mar y me reí con las aguas frescas y vi la salida del sol…

… Ese día fui feliz.

Hojas de hierba, Walt Whitman

4 comentarios de “Esa luz que nunca se apaga”

  1. Tu modo de comunicar y tus contenidos me resuenan en luz blanca. Gracias ✨
    “Pero para poder irradiar a otros, tenemos que brillar nosotros. Y brillamos cuando nos sentimos realizados en nuestro día a día, cuando disfrutamos de lo que hacemos, cuando nos escuchamos y sabemos qué necesitamos. Y lo pedimos. Y nos lo damos nosotros mismos.”

  2. Hoy siento la necesidad de cantar fuerte “Gracias a la vida que me regala estos “oasis” en mi vida”..
    Realmente este fin de semana lo fue. Compaginar vivencias con personas tan especiales como las q me tocó compartir habitación y pequeñas tertulias q robábamos a nuestro tiempo libre.
    Sentir la fuerza de la naturaleza junto al mar; había nubes en el amanecer, pero detrás de ellas estaba el sol, siempre presente, fuente de vida.
    La práctica del yoga armonizaba nuestro cuerpo para poder experimentar tantas vivencias
    El disfrutar al atardecer de una tertulia literaria , cuyos versos brotaban del corazón de Pepe, coronaron nuestra jornada.
    Si, voy siempre con mi pequeño kit de acuarelas. Necesito plasmar lo q siento al contemplar las maravillas q me ofrece la naturaleza. El ojo ve, pero es el corazón el q se expresa.
    Gracias

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